8 de abril de 2014

Vivir en el campo

Para desear vivir en el campo es indispensable haber nacido en una ciudad. Empiezas pasando fines de semana en la montaña, todo es nuevo. La gente amable no son tus vecinos, no sabes nada de lindes ni usurpaciones, solo conversaciones de quien está más aburrido que una ostra con la garrota apoyada en el mentón.
El aire tiene un olor especial, se recuerda y lo agradeces cada vez que vuelves, es adictivo para quien aspira polución. Estás enganchado, la mierda no te parece suciedad. Al contrario que las uñas de los camareros, las cocinas de los restaurantes, los mediáticos cocineros tocando todo con las manos y babeando sobre las viandas. El montaje de los platos sin pinzas. Pagar para comer mierda de humano, aunque justificado para algunos si lo ordena a su legión operarios un famoso chef de imposible comunicación.
Entiendes lo higiénico que pueden ser las brasas, la combustión de la basura para hacer una torta o la imposibilidad de tocar la botella para beber. Recuerdas las babas compartidas en algún viaje con urbanitas, el nuevo invento del tapón succionador,  y te decantas definitivamente por la comida alrededor de una sartén con la exquisita elegancia de una   “ mojá “ y paso atrás. Siempre comiendo por tu lado.
Para la pulcritud e higiene se tiene que vivir en el campo. En mis viajes siempre he  podido averiguar en las zonas turísticas de montaña quien era de ciudad. Los más sucios, de grandes ciudades en temporada de trabajo.
Hay una esencia que se ha impregnado, todavía no entiendes nada, pasará mucho tiempo hasta que te des cuenta que nunca entenderás nada.  Punto de partida para iniciar la vida en el campo, sin querer ni entender ni explicar, solo vivir sin demostrar.
El aroma de un buen café, nada de puchero, de cafetera italiana y leyendo la prensa en tu ordenador, eso sí, a las 6.30 de la mañana amaneciendo desde tu mirador en el palomar

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